lunes, 9 de marzo de 2009

Es tiempo para una política económica nueva

Publicado en El Espectador de Bogotá, 8 Mar 2009

A propósito de la crisis internacional

Por: César Ferrari *

La recesión en el mundo desarrollado y la desaceleración china están induciendo una menor demanda de materias primas. Ello genera una disminución significativa de sus precios (petróleo -64,9% anual, metales -57,4%, alimentos -26,7%). Menores precios y demandas se traducen en menor valor de exportaciones; particularmente de las latinoamericanas, concentradas en materia primas.

A su vez, la recesión genera desempleo, que se traduce en menores ingresos para los migrantes y, por tanto, menores remesas. Según el Banco de España, en los nueve primeros meses de 2008 fueron 7% menos que en el mismo período de 2007.

La inversión extranjera también está disminuyendo. En 2008, según la balanza cambiaria, la inversión extranjera neta en Colombia fue US$5.729 millones, US$3.073 millones menos que en 2007.

Gran parte llegó en busca de rentabilidad por los diferenciales de tasas de interés y, especialmente, por las expectativas de revaluación cambiaria; en devaluación prefieren llevársela.

Además, con la recesión los inversionistas prefieren seguridad sobre rentabilidad. Por ello liquidan sus activos en moneda local, compran dólares y los sacan del país buscando refugio: bonos del Tesoro estadounidense.

La transmisión de la crisis

Tales hechos, obviamente, afectan las economías locales; más aún a la colombiana porque sus exportaciones manufactureras van a Venezuela y Ecuador, dependientes de petróleo y remesas.

La caída notoria de los ingresos externos implica, inevitablemente, una subsiguiente caída en los ingresos internos: los de los propietarios, directivos y trabajadores de sectores exportadores, de los receptores de remesas y de quienes les venden bienes y servicios. Esto desacelera construcción, manufactura, comercio y servicios, produce desempleo y aumenta la pobreza.

Significan también una menor oferta y una mayor demanda de dólares que se traduce en devaluación cambiaria. Si el banco central intenta reducirla, la consecuente desacumulación de reservas internacionales es insostenible en el mediano y largo plazo.

La devaluación se traslada a los precios de los bienes y servicios transables y eleva los costos de los no transables y, consecuentemente, sus precios. Así, ahora, la inflación es alimentada por la devaluación y compensada parcialmente por la reducción de los precios internacionales. Con la inflación los salarios nominales aumentan, pero como es más rápida que los ajustes salariales, cae el ingreso real y agrava la recesión.

Con la devaluación se produce también una caída del precio de las acciones en la Bolsa. Los inversionistas venden sus activos financieros y compran moneda extranjera. Un estudio para Colombia encuentra que una devaluación de 10% induce una caída del precio de las acciones de 6,2% (Ferrari y Amalfi, 2007).

Menores utilidades y salarios, es decir, menores compras, implican menores ingresos fiscales por impuestos de renta y valor agregado. Ello limita los gastos fiscales y reduce la demanda interna. Disminuye también los depósitos en los bancos y, por tanto, los recursos para créditos, lo que se traduce en tasas de interés más altas, menores créditos y atrasos en sus pagos.

Las consecuencias en Colombia ya son complicadas. Según la revista The Economist (febrero 28, 2009), entre los países más importantes de Latinoamérica Colombia tiene la segunda caída industrial más pronunciada (13,3% anual), la segunda mayor devaluación (39,2% anual), la mayor tasa de desempleo (14,2%), el mayor déficit externo (2,7%) y el mayor déficit fiscal (1,4%).

A pesar de ello, algunos insisten en que la crisis internacional no llegará, o que su impacto será mínimo y la recuperación pronta. Buenos deseos no cambian realidades. La pregunta no es si habrá crisis.

La pregunta relevante es ¿qué debería hacerse para disminuir sus efectos, sobre todo sobre el empleo y los pobres?

Para minimizar la crisis

Minimizar la crisis exige medidas fiscales y monetarias contracíclicas inmediatas. En primer lugar, parece obvio reducir la tasa de interés del banco central. En Colombia se encuentra en 8%; en Estados Unidos está en cero.

Una tasa tan elevada reduce las oportunidades de inversión y, por tanto, la expansión de capacidad productiva y productividad. Más aún, es inútil. Se supone que al atraer capitales aumenta la oferta de divisas, reduce la devaluación cambiaria y, consiguientemente, la inflación. Pero esos capitales no existen y, segundo, mientras todos los países están devaluando sus monedas, lo que se necesita es, precisamente, una devaluación elevada que devuelva competitividad a los productores de bienes y servicios transables.

A su vez, por pro-cíclicos se requiere disminuir impuestos o cuasi impuestos (aumento del predial, extensión del Pico y Placa, excesivo precio de la gasolina). También aumentar el gasto fiscal civil.

Este es el único elemento autónomo que forma parte de la demanda en los mercados y que puede sustituir menores ingresos externos con internos. Si mejora la infraestructura económica (carreteras, puertos, aeropuertos), favorece la productividad y el desarrollo de los mercados.
Además, debe incluir incentivos a las empresas, no por sectores si no para aquellas nuevas o en desarrollo, para estimularlas a crecer rápidamente y así compensar el desempleo por las que cerrarán irremediablemente (Jan Ter Wengel, 2008).

El financiamiento del déficit fiscal tendrá que ser externo o monetario. Colocar bonos al sector privado nacional disminuye su demanda y, en tiempos de reducción generalizada del ingreso, requeriría tasas de interés elevadas que provocarían una mayor contracción del crédito.

El financiamiento monetario está condicionado por la capacidad de respuesta de la oferta a la mayor demanda, con uso de capacidad de producción ociosa (hasta tres turnos) o con expansión de esa capacidad o de la productividad con más inversión.

Se requiere también una política de regulación que favorezca la competencia en los mercados crediticios y de servicios para reducir tasas de interés, márgenes de intermediación y precios, respectivamente. Para ello debe contrarrestar fallas en esos mercados.

Pero la crisis también tiene un efecto positivo. La devaluación reestructura los precios en favor de la competitividad. Si es relativamente mayor que las asiáticas, aumentará la competitividad de los productores de bienes y servicios transables, particularmente de las manufacturas. Con ello crecerían la producción y el empleo y mejoraría la distribución del ingreso dado que dichos sectores son generalmente intensivos en mano de obra.

Lamentablemente la ganancia de competitividad ocurrirá en un contexto de desaceleración del comercio mundial que ningún tratado de comercio evitará. Más aún, es probable que las barreras al comercio aumenten.

La recuperación

Pero tarde o temprano, pasada la crisis, probablemente prolongada, la economía y el comercio mundiales se recuperarán, aumentarán los precios internacionales y fluirán las remesas y los capitales hacia los países en desarrollo. Para entonces, Latinoamérica debe estar en camino de consolidar su mayor independencia de los ciclos internacionales: menos producción de materias primas, más de manufacturas. La crisis internacional afecta menos a China, porque 95% de sus exportaciones son manufacturas con precios internacionales más estables.

Para ello, las políticas monetaria, fiscal y de regulación deben mantener competitividad cambiaria, tasas de interés y precios de servicios reducidos, desarrollar la infraestructura económica necesaria y contribuir tributariamente a redistribuir ingreso. Sólo así será posible un crecimiento elevado, estable y sostenido, baja inflación y equidad en el ingreso.

* Ph.D. Profesor de Economía, Pontificia Universidad Javeriana

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